La trashumancia en la Sierra de Albarracín: una tradición ganadera que sigue viva

Hablar de la Sierra de Albarracín es hablar de montaña, de frío, de pastos… y también de trashumancia.

Durante siglos, miles de ovejas recorrieron cada año cientos de kilómetros desde las sierras turolenses hasta las tierras más cálidas del sur y del levante español siguiendo unas rutas que hoy forman parte de nuestro patrimonio ganadero y cultural.

Aunque muchas personas la asocian únicamente al pasado, la trashumancia continúa viva en algunos puntos de España.

Y una de esas zonas donde todavía se mantiene esta práctica es precisamente la Sierra de Albarracín, uno de los territorios con mayor tradición trashumante de toda la península.

Una forma de adaptarse al clima

La trashumancia nació por necesidad. Los inviernos en la Sierra de Albarracín siempre han sido especialmente duros. La nieve, las heladas y las bajas temperaturas hacían imposible mantener grandes rebaños en los pastos de montaña durante buena parte del año.

Por eso, cuando llegaba el otoño, los pastores iniciaban el camino hacia zonas más templadas donde los animales pudieran alimentarse durante el invierno. Andalucía, Castilla-La Mancha, Valencia o Murcia eran algunos de los destinos habituales de los ganaderos serranos.

Con la llegada de la primavera, el proceso se repetía a la inversa. Los rebaños regresaban a las zonas altas de Teruel para aprovechar los pastos frescos de montaña durante los meses de verano.

Este movimiento estacional permitía aprovechar mejor los recursos naturales y garantizaba la supervivencia tanto del ganado como de las familias ganaderas.

Caminos que marcaron la historia rural

La trashumancia no solo movía animales. También movía economía, cultura y relaciones entre territorios. A lo largo de los siglos se creó una enorme red de vías pecuarias que conectaba unas regiones con otras.

Las conocidas cañadas reales funcionaban como auténticas autopistas ganaderas. Por ellas transitaban miles de ovejas acompañadas por pastores, mastines, mulas y toda la logística necesaria para recorrer largas distancias.

En la Sierra de Albarracín todavía se conservan algunas de las rutas históricas más importantes. Muchas atraviesan paisajes de gran valor natural y permiten comprender cómo era la vida pastoril tradicional.

Además, alrededor de estas vías se desarrolló todo un patrimonio ligado a la ganadería: parideras, corrales, abrevaderos, chozos, descansaderos o ventas donde los pastores hacían parada durante el trayecto.

Hoy, recorrer estas rutas es también una manera de acercarse a la historia del medio rural y al enorme papel que la ganadería extensiva ha tenido en la conservación del territorio.

Mucho más que mover ganado

La vida trashumante exigía un enorme esfuerzo físico y una gran capacidad de adaptación. Los viajes podían durar semanas y las condiciones meteorológicas no siempre acompañaban.

Los pastores caminaban jornadas enteras acompañando al rebaño, vigilando a los animales y resolviendo cualquier problema que surgiera durante el trayecto. El oficio requería experiencia, conocimiento del terreno y una relación muy estrecha con el ganado.

En ese día a día también tenían un papel fundamental los perros. Los mastines protegían al rebaño frente a posibles ataques de lobos, mientras que los perros carea ayudaban a manejar a las ovejas durante la marcha.

La trashumancia generó además una cultura propia. Un vocabulario específico, formas de vida particulares y conocimientos transmitidos de generación en generación que todavía hoy siguen presentes en muchas zonas ganaderas.

Una práctica sostenible y necesaria

En los últimos años la trashumancia ha vuelto a despertar interés, no solo por su valor cultural, sino también por los beneficios ambientales que aporta.

La ganadería extensiva y trashumante contribuye al mantenimiento de los pastos, ayuda a reducir la carga vegetal y favorece la prevención de incendios forestales. Además, el movimiento de los rebaños facilita la dispersión natural de semillas y contribuye a mantener la biodiversidad.

A todo ello se suma su importancia social. Mantener actividad ganadera en zonas rurales ayuda a fijar población y a conservar oficios y tradiciones ligadas al territorio.

Sin embargo, los ganaderos trashumantes también se enfrentan a numerosos retos. La desaparición de explotaciones, las dificultades burocráticas, las infraestructuras viarias o la pérdida de mano de obra hacen cada vez más complicado mantener esta actividad.

Aun así, todavía existen pastores que continúan recorriendo las cañadas cada año, manteniendo viva una forma de entender la ganadería basada en el aprovechamiento natural del territorio.

Un legado que no debemos perder

La trashumancia forma parte de la identidad ganadera de territorios como la Sierra de Albarracín. Gracias a ella se moldearon paisajes, se mantuvieron caminos y se desarrolló una cultura pastoril que hoy sigue siendo una parte esencial del mundo rural.

Conservar este legado no significa vivir anclados en el pasado, sino reconocer el valor de un modelo ganadero que durante siglos supo convivir con el entorno de forma sostenible.

Detrás de cada cañada, de cada pastor y de cada rebaño hay una historia de esfuerzo, adaptación y conocimiento del medio natural que merece seguir contándose.

Porque la trashumancia no es solo memoria. En muchos lugares, sigue siendo presente.

2026-05-28T14:34:08+00:00

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