Posted by Miguel Navarro

Durante siglos, la figura del pastor ha sido un pilar esencial en la configuración del paisaje rural aragonés.
El pastoreo tradicional, hoy en declive, moldeó tanto la economía como la estructura social y ecológica de las zonas rurales de Aragón.
Su legado está presente en cada sendero, en cada muro de piedra seca, en los nombres de parajes y caminos que aún hoy se transmiten oralmente entre generaciones.
El territorio aragonés, con su combinación de secanos, montes altos y bajos, vegas fértiles y cerros pedregosos, ha sido y sigue siendo ideal para la ganadería extensiva.
La sabiduría de los pastores permite aprovechar estos recursos naturales de manera equilibrada, moviendo el ganado según las estaciones, respetando los ciclos de cultivo y manteniendo una convivencia armónica con los agricultores.
Conocen cada rincón del terreno: saben dónde encontrar sombra en verano, qué ladera ofrece mejor pasto en invierno y en qué puntos pueden abrevar sus animales.
Además de su función productiva, los pastores son guardianes de una memoria colectiva.
Conocen la historia de las fincas, los límites de las parcelas, los nombres antiguos de los campos…
Este conocimiento era tan valorado que a menudo eran requeridos como testigos en litigios de propiedad.
En su tránsito diario, refuerzan la cohesión comunitaria, coincidiendo con agricultores al amanecer o al atardecer, generando un paisaje vivo y compartido.
El territorio está también humanizado por elementos construidos: corrales, parideras, peirones y fuentes, muchos de los cuales han caído en desuso.
Los caminos, antes transitados por rebaños y caballerías, eran estrechos y serpenteaban siguiendo la topografía, sin alterarla.
Todo el paisaje estaba diseñado para facilitar la vida ganadera y agrícola sin agredir el entorno.
Hoy, sin embargo, el abandono del pastoreo ha traído consigo la pérdida de ese conocimiento y el deterioro de un paisaje que ya no se mantiene en muchos puntos de la geografía aragonesa.
Los pinares han sustituido a los campos de viña, las zarzas ocupan las antiguas sendas y muchas construcciones se desmoronan en silencio.
Esta transformación no solo es visual: también es sonora. Hay sitios donde se han apagado las esquilas, los cantos, los ladridos de los perros pastores.
El silencio del monte vacío es el testigo de una forma de vida que se desvanece.
Preservar y estudiar esta relación entre pastores y territorio es fundamental para entender el equilibrio ancestral entre naturaleza y cultura.
Además, puede ofrecer claves valiosas para repensar un modelo rural más sostenible y conectado con su entorno.
El pastoreo no es solo pasado; puede ser también futuro si sabemos reconocer su valor ecológico, social y patrimonial.
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